Un joven escritor solía ser una persona muy inconclusa. Nunca terminaba sus proyectos, cuentos, artículos y cosas por el estilo. La vida era a medias para él, lo que supuestamente justificaba su vacío interior. Era inconformista con todo lo que lo rodeaba, criticón y regodeón. Él decía que eso era parte de la esencia de artista, parte del estilo de vida.
Sus días eran monótonos y aburridos, empezar algo y nunca terminarlo. En un punto de su vida, el joven escritor decidió intentar terminar algunos de sus trabajos incompletos y en ese intento fugaz terminó todos sus trabajos. Llamó ola de inspiración a lo que lo había motivado. Días después de haber finalizado todos sus escritos inconclusos ya los estaba publicando en conocidas revistas y enviándolos a variadas editoriales. Lo extraño era que esa sensación de vacío seguía dentro de él. No lo entendía del todo, su vida había dado un giro de 360 grados. Iba cuesta arriba directo a la cima pero aun así se sentía incompleto. Fue ahí cuando se dio cuenta de que no era la terminación de sus trabajos inconclusos lo que lo llenaría pero no era así, sus obras estaban completas pero él no. El trabajo le da las preguntas pero el tiempo le daría las respuestas, por ahora su vida seguiría inconclusa.